La princesa Monoke: RESPETO RULES

En una de las primerísimas escenas de aquella extensa y maravillosa cinta de Miyasaki, La princesa Mononoke, un valeroso príncipe va a todo galope encima de su reno tratando de detener a un enorme jabalí poseído, que revestido de furia se dirige a toda prisa hacia la aldea del joven para destruirla. El joven Ashitaka se coloca delante del monstruo y trata de persuadirlo. “Aplaca tu ira, poderoso señor. Seas dios o demonio te ruego que nos dejes en paz. Alto, por favor, no destruyas nuestra aldea” pide el joven con voz firme. Pero el demonio, carcomido por el odio (del cual luego se revelará su causa), no tiene voluntad alguna de detenerse y sigue su camino directo al pueblo, a lo que Ashitaka no tiene más remedio que enfrentársele en una ardua pelea. Tras dos certeros flechazos, el inmenso jabalí cae herido de muerte y a toda prisa traen a la anciana-sabia del pueblo para que ésta pueda decir unas palabras antes de que la desdichada bestia parta de esta vida. “Dios sin nombre, de furia y odio, me inclino ante ti. Levantaremos un montículo donde has caído. No nos guardes rencor y descansa en paz” recita la anciana haciendo varias reverencias al enorme cuerpo caído, a lo que la bestia moribunda responde rencorosamente: “Criaturas despreciables, pronto todos ustedes sentirán mi odio y sufrirán lo que yo he sufrido”.

¿Qué fue eso? ¿Qué significa aquella condescendencia que los aldeanos le muestran a la bestia que intentó aniquilarlos sanguinariamente? ¿Cómo es posible que aquellas personas evidencien tal consideración a su enemigo? Are you crazy? cuestiona mi mentalidad occidental. ¿Le levantarán un montículo a esa oscura bestia enloquecida? Miyasaki, please, sácame de aquí.

Y lo que pasa es que nuestro esquema mental, bajo la natural influencia de nuestra cultura occidental, no puede llegar a entender fácilmente la manifestación de una de las más elevadas muestras de amor en esta vida: el respeto. Se ciega a comprenderlo a causa de las valientes cantidades de humildad que se necesita para hacerlo. Porque aquel respeto que le muestran los aldeanos a la bestia en la historia de Miyasaki no se trata de una cáscara de “palabras o conductas corteses”, sino de un firme modo de vida, nacido de una cosmovisión fuertemente conectada con el amor a la naturaleza en su sinfín de formas.

El joven Ashitaka y la anciana sabia del pueblo muestran aquel respeto como un sentimiento que palpita dentro suyo, en cada acción diaria. Es un sentimiento que nace de un amor supremo a la vida y una natural aceptación de la muerte. Es el valiente respeto a la compleja y vasta naturaleza: animal, vegetal, humana o whatever. La cosmovisión de aquella aldea, de raíces orientales, está basada en la conciencia de que el ser humano no es capaz de aprehender en su totalidad las causas de diversas catástrofes o conductas monstruosas; por lo que consideran necesaria la humildad de aceptar tal realidad para poder actuar sabiamente en favor de la vida.

Por eso, en este caso específico donde un extraño jabalí pone en riesgo la vida del pueblo, la automática respuesta del joven héroe a su propio desconocimiento es la sincera aceptación de la enloquecida voluntad del monstruo, lo que vendría a ser el núcleo del respeto; mientras que las palabras condescendientes y educadas, que nacen de ese núcleo, vendrían a ser la forma material del respeto: su ritual necesario. Y en su totalidad, este concepto vivo, es preciso para no dejarse arrastrar por el mismo rencor que poseyó al infeliz jabalí, lo que únicamente generaría una más de aquellas catástrofes, alimentando una triste cadena de venganza. Porque si bien el joven príncipe llega a matar a la bestia, su voluntad jamás es guiada por un sentimiento de revancha, sino que es la honorable y única salida a la nula voluntad de un demonio que hace peligrar directamente la vida de personas inocentes.

Los más sabios de la aldea entienden además, o intuyen, que el silvestre jabalí en sí, su espíritu, su corazón, no es la causa de su endemoniada conducta, sino el odio -graficado como un monstruo de un millón de gusanos- que lo ha poseído; por lo que la respuesta no es responder con más rencor, sino con una digna aceptación del mal para poder superarlo de forma efectiva. Y toda la película está basada en ese principio. El principio de que el odio, como algo que ciega la sabiduría, y opuesto al amor, no es la vía para superar los conflictos en la tierra, porque solo alimenta más odio y, en consecuencia, perpetúa la destrucción del planeta y lo que vive sobre ella.