Love en condiciones adversas

 

Recuerdo bien la tarde en la que decidí poner en práctica el mensaje que me transmite esta escultura hecha por Alexander Milov. Me encontraba en medio de una de las últimas discusiones que tuve con la pareja más difícil que la vida me puso en frente. A esas alturas de mi vida, ya era consciente de que no era una víctima (como lo había creído años atrás) de una relación que yo había aceptado y había construido por más “chico malo y chica buena” que pareciéramos cuando estallaban los problemas. Unos celos sinsentido se apoderaron de él y no pudo controlarlos. La discusión se acaloró y luego de una avalancha de insultos de su parte y un serio mutismo del mío, por vez primera en los cuatro años que nos conocíamos, me puse furiosa. Entonces, tomé yo las riendas de la discusión y traté de echarlo de mi casa diciéndole que ya no lo quería. También pude haberlo insultado como se me ocurriera y hacerle sentir lo peor del mundo porque tenía el poder. Pero decidí no hacerlo, supe controlarme. Me limité a despreciarlo callada con miradas fulminantes mientras pedía disculpas. Luego de un rato, felizmente, los dos nos calmamos mientras yo me tragaba una tonelada de insultos. Le dije que era el final. El alistó sus cosas para irse, pero luego los dos dudamos porque estábamos repitiendo una danza que ya habíamos bailado y sabíamos que no solucionaba nada en nuestra –tóxica- relación. Decidimos entonces sentarnos a pensar en nosotros mismos. Él con todas sus cosas listas en los brazos. Callados. Cabizbajos. Más distantes que nunca. Algo muy parecido a la foto de aquella escultura. No sabíamos qué hacer, todo parecía bastante definitivo y dolía.

Yo estaba muy enojada con él, y conmigo misma por haber permitido que esa persona nuevamente entrara en mi vida. Sentía rabia al recordar una avalancha de problemas pasados, mentiras, humillaciones, infidelidad. La auto-lástima (la cara más solapada del ego) me poseía. En ese momento él era como un enemigo para mí. Solo quería que se fuera de mi casa, de mi vida y de paso, si por ahí pudiera pisarlo un carro, mejor. Pero de pronto recordé (de una forma bastante random) aquella imagen, aquella sublime escultura de los niños dentro de las jaulas de sus adultos enemistados, intentando tocarse. Realmente me había conmovido. Decidí poner en práctica, entonces, lo que intentaba enseñarme. Empecé recordando el dolor de la persona que tenía en frente, ese pesado dolor en el alma que llevan todas las personas que fácilmente se descontrolan con violencia. Todo impulso de revancha empezó a ceder. Recordé cuánto lo conocía como para amarlo, recordé su historia, los pasajes de su infancia, cuánto sabía que era un hombre que sufría por dentro y cuántas grandes y valiosas virtudes poseía. Recordé también los maravillosos recuerdos de hermandad que creamos cuando no habían discusiones de por medio. Sabía de antemano que la relación tenía un fin cercano y sabía también que recién en esta última parte de nuestra historia yo había empezado a amarlo realmente: tratando de vencer mis inseguridades y miedos (los terribles issues que aún tengo) como un paso necesario antes de proferir “amor”. Entonces, seguí en esa línea de pensamiento que recién un mes atrás había comprendido y puse en práctica la escultura de Milov. Salté la valla del miedo a no ser correspondida y dejé que la niña que amaba a ese niño –que él también llevaba dentro- se acercara. La liberé para que pueda brindar (y brindarse) una muestra de amor con los ojos del alma abiertos.  Me acerque y lo abracé. Y como lo había presentido, él no correspondió el gesto, mantuvo los brazos cruzados y la cabeza gacha con unas lágrimas de impotencia que amenazaban con estallar. Pude sentir su rigidez, la rabia de sentirse observado, vulnerable, y la tristeza de no poder vencer sus miedos. Lo abracé más fuerte, entonces, porque de los dos él era quien más necesitaba de un abrazo. Derramé lágrimas a mi vez por la gran angustia de saber que tendría que dejarlo ir a pesar de conocerlo y quererlo tanto.

Naturalmente, nuestra relación terminó a los pocos días, porque toda relación de pareja, por más tóxica que sea, se desmorona como un castillo de naipes cuando una de las dos partes decide con dignidad poner fin al dolor mutuo. Pero estoy segura de que con esa –aparentemente- insignificante decisión de abrazar a mi momentáneo enemigo como una hermana luego de una tormentosa discusión, activé una pequeña e imperceptible fuerza que fluirá dentro de los dos a lo largo de nuestras vidas tocando a las personas con las que nos conectemos de alguna forma. Y lo que para mí es más importante, empecé a practicar un amor real, empecé a construirme a mí misma, empecé un camino nada fácil para quienes provenimos de generaciones de familias infestadas de amor enfermo y violencia. Empecé ese bello y necesario camino para poder eventualmente (o en el proceso) provocar un verdadero cambio, de a poquitos, en todo lo que pueda rodearme.

Estoy enormemente agradecida con esa escultura y espero con toda el alma que haya logrado algo parecido en los corazones de otras personas.

La princesa Monoke: ODIO Vs AMOR RULES

– Principe, Ashitaka, ¿Estás preparado para contemplar tu destino?

– Sí. Lo estaba ya cuando hice volar mi flecha.

– La infección se extenderá por todo tu cuerpo, te producirá un gran dolor y finalmente te matará.

Éste debe ser uno de los mejores pedazos de diálogo de la historia del cine. Muestra el estoicismo de un noble –y bastante joven- guerrero ante la revelación de su fatal y pronto destino revelado por la anciana sacerdotisa de su aldea. La causa es una herida negra, producto de una batalla uno a uno con un jabalí endemoniado que pretendía destruir todo el pueblo. La herida se localiza en su brazo derecho y lo hace más fuerte físicamente, pero por ser una lesión hecha directamente por una bestia carcomida por odio, le avisan, que puede llegar hasta el centro de toda su consciencia: de toda su alma.

Sin embargo, para alivio del pueblo que lo ama, la anciana-sabia también le revela a Ashitaka que éste tiene la opción de ir al encuentro de su destino. Enfrentarlo. Para eso, primero tiene que llegar al lugar donde se originó la pequeña bola de hierro que encontraron dentro del cuerpo del jabalí enloquecido –la cual carcomió al animal desde sus entrañas- y observar lo que sucede, desprendiéndose de cualquier humano impulso de venganza. “El mal recorre las tierras del oeste. Ve allí, observa con mirada desprovista de odio. Quizás consigas levantar la maldición”, le dice la anciana.

¿Mirada desprovista de odio? ¿Y cómo es eso? ¿Cómo se supone que se pueda lograr eso? Más aun, en un caso como el del joven príncipe, sabiendo que encontrará a los culpables de su ponzoñosa herida mortal. Además, para hacer más compleja la situación, Ashitaka efectivamente se llega a encontrar con una guerra donde es bastante fácil tomar partido: una guerra entre humanos que queman bosques y fabrican armas de fuego y feroces animales que defienden su hábitat de la destrucción por la explotación del hierro. Y ya para hacer de esto una misión imposible, se enamora de la hija de la Madre Lobo, uno de los dioses líderes que defienden el bosque: la princesa Mononoke.

¿Cómo llegar a cumplir la consigna de “observar” exento de prejuicios con todo los factores en contra? Pues con respeto, lo  único que puede generar una gran determinación por dominar los impulsos de juzgar precipitadamente que nacen en cualquier ser humano cuando se ve entregado por completo a sus emociones.

Dependiendo del background del que hayamos salido, uno también se siente inclinado a tomar partido en aquella guerra metafórica de Miyasaki. En mi caso –seguramente como en el de la gran mayoría de mis coetáneos- se me hace fácil inclinarme por los animales, que la verdad no son nada dulces, sino más bien enormes bestias provistas de conciencia y habilidad verbal, dispuestas a asesinar todo lo que se le ponga en frente. Sin embargo, entiendo, que debe haber quienes sienten mayor simpatía por Leidi Eboshi, la líder de la aldea del hierro, por su determinación en favorecer a las personas más pobres de las ciudades (leprosos y prostitutas) brindándoles trabajo y un lugar donde vivir dignamente.

Pero el noble Ashitaka, respaldado por sus fuertes principios, no puede hacer más que colocarse en medio del fuego cruzado. Sabe, por lo que le mencionó la anciana y seguramente por todo lo que ha aprendido desde la cuna en su ancestral pueblo, que si se permite juzgar sin conocer a profundidad todos los factores del conflicto, inevitablemente se verá arrastrado por el odio. En varias ocasiones salva la vida de la princesa Mononoke, la mujer que ama, pero a su vez también protege a Leidi Eboshi, lo que obviamente cuesta mucho entender. Y como es de esperarse, tanto la líder del pueblo de hierro como el dios Lobo se ríen burlonamente de los intentos del joven guerrero por disuadirlas a dejar los enfrentamientos y evitar más muertes.

Y lo que puede llegar a verse detrás de esta bella historia es la pugna entre dos procesos opuestos: el proceso que lleva a la destrucción y el que lleva a la construcción de vida. El primero permite que el natural impulso humano por juzgar siga un camino ciego hasta el odio y germine la gran posibilidad de destrucción a través del odio que alimente en otros espíritus. Leidi Eboshi juzgaba a las bestias que defendían sus bosques como caprichosos obstáculos a su necesidad de extraer el hierro para alimentar y hacer funcionar toda una aldea. En el caso de los lobos y demás bestias, éstos únicamente defendían el bosque, pero armando una sangrienta e insensata batalla, con miles y miles de muertes absurdas de los dos lados. En cualquiera de los dos casos, por más “bien intencionado” que fuera uno de ellos, actuaban de acuerdo a voluntades ciegas.

El segundo proceso, en cambio, es guiado por el respeto. La persona intenta conocer, intenta ver con el alma, antes de juzgar o seguir juzgando el comportamiento de cualquier espíritu fuera de uno mismo. Frena el camino al odio y da paso al amor. Ashítaka, con una valentía obviamente inusual, surreal para muchos de nosotros, llega a conocer ese amor en medio de tamaña guerra. Y es únicamente a consecuencia de eso que el Dios de todo los seres, el Espíritu del Bosque, el único que puede quitar y dar vida, se le acerca de una forma bastante sublime, para sanarlo cuando cae herido de muerte.

Si alguna vez has estado cerca al profundo sentimiento de amor por la vida, es inevitable que se te haga un nudo en la garganta, que se te agolpen unas lágrimas al ver la serenidad en los ojos de aquel extraño, inexplicable e inasible ser, que a cada paso que da hace florecer y marchitarse al instante diversos tipos de pequeñas flores.

Finalmente, se puede entender que para llegar a conectar con aquel Espíritu elevado, para llegar a decidir por el proceso que lleva al amor que construye, es necesario un trabajo espiritual, que en el caso del joven príncipe, es uno que ya está arraigado desde las nobles costumbres de su aldea. En el caso de todos los demás silvestres humanos que vivimos en los confines de una cultura aparentemente sin núcleo y con formas confusas, que más nos parecemos a esos torpes jabalíes que a nadie escuchan, se nos hace más difícil poder construir antes que destruir. Carecemos de espiritualidad. Por eso la destrucción exponencial de nuestro hábitat, la violencia malsana en todas sus expresiones y un largo largo laaargo etc. Pero historias como las de La princesa Mononoke, si se llegan a sentirlas de corazón, pueden llegar  a ser un hermoso ejemplo de cómo actuar -o al menos intentar actuar- frente a cualquier conflicto.