Teacher, ¿really?

Mientras sigo dándole vueltas y vueltas a un artículo sobre Avatar que amenaza con nunca salir a la luz, empezaré por contar lo que me pasa por estos días en los que siento que una fuerza muy superior a todo lo que conozco hasta ahora me hace una llave espectacular. O más bien, a mi ego. Estoy iniciando una pequeña, pero bastante efectiva, formación de maestra de escuela y necesariamente todas aquellas ideas volátiles que tengo en la cabeza son jaladas hacia abajo hasta estrellarse en el suelo. Todos aquellos pensamientos recurrentes sobre la sociedad, la humanidad, Dios, el respeto, la justicia, el amor se ven obligados a hacer un aterrizaje de emergencia. Y ya con todo eso bien al ras de la tierra, y más que nada mis prejuicios con la cara en el suelo, me pregunto si estaré preparada, si es que soy capaz de seguir con una labor tan ardua si es que se quiere hacer bien y con respeto, si estaré preparada para ser maestra de escuela rural, alejada permanentemente de mis adorables comodidades. Mis miedos me dicen que no, mi corazón me dice que sí y mi mente me dice “qué demonios haces preguntándote, ponte a trabajar, hay mucho por hacer”.

Y bueno, para no desfallecer en el mero inicio, lo que sería una gran pena, trataré de serenarme y recordar aquellas experiencias que me han traído hasta este punto. A recordar el caminito que he seguido desde que renuncié a un trabajo de oficina en una institución de las Fuerzas Armadas.

Conservo en mi dormitorio, desde hace un par de años, una pequeña estera hecha por las manos de un pequeño de diez años llamado Luis. Me la regaló luego de su clase práctica en su pequeña escuelita en Lamas, San Martín, a donde fuimos a hacer un reportaje para un taller de periodismo ambiental. Se acercó con timidez y me la dio con tal sincero afecto reflejados en sus ojos, que hasta hoy recuerdo su sonrisa, su mirada, su timidez y todo lo que me dijo cuando me habló de su sueño de ser profesor. Me llevé la estera con la idea de utilizarla para algo productivo, porque la verdad es que no estaba tan cute como para un adorno. Pero no pude, no quise que se estropeara. Se quedó ahí para recordarme dos cosas: volver y que podía establecer una conexión especial con los niños.

Meses después, cuando estuve trabajando en una radio en la selva de Amazonas, hubo un día  en el que recorrí varios colegios locales para hacer una nota informativa sobre los simulacros de sismo en las escuelas. Aquel día, la imagen de las aulas, los profesores y las sonrisas sinceras de los niños causaron algo en mí, que no podía identificar muy bien. Me trasladaron por un instante a algo casi primitivo dentro de mí. Fue como un pestañeo. Un pestañeo a un viejo sueño adolescente de mejorar la educación del país (lo que me llevo a ingresar a la Escuela de Psicología, que luego dejé). Quizás fue la alegría de los chicos cuando hacían actividades fuera del aula o quizás todo lo verde que se extendía alrededor de los colegios que hacía el panorama alguito más poético. Quizás fue el clima o quizás que no había comido bien (ja) Quién sabe. Pero sentí un débil llamado.

Ya nuevamente en Lima tuve la oportunidad de cruzarme, en un curso del Británico, con una linda profesora muy apasionada por su trabajo y una maestra (religiosa) de vocación que, de diferentes formas, notaron en mí rasgos de una colega nata. O sea, oh my grandísimo, porque en mi mente se dibujaban las preguntas: ¿Maestra de escuela? ¿Really? ¿No he estudiado una carrera? ¿Eso no es para los nacos? Pues no. Así que me puse a enseñar inglés a niños de quinto de primaria en un colegio particular y la experiencia fue ardua. Todos saben que ser profesor no es fácil y menos aún si realmente quieres que tus chicos se lleven algo significativo. Pero los momentos que te llevas son únicos. Como cuando te dicen que eres la profe más chévere, o la más “elagantiosa” o cuando te dicen “no importa, miss, todos nos equivocamos” cuando te equivocaste olímpicamente con ciertas reglas del colegio. O cuando te dicen que ahora las clases de teoría son más chéveres que las de laboratorio. Dios, ese sí que es otro level. Aquellos meses el llamado que había sentido tiempo atrás se hizo mucho más fuerte. Lo notaba en mis noches de insomnio por pensar y pensar en mis alumnos, en formas más efectivas de llegar a ellos. Era casi una obsesión. Y si bien  la experiencia acabó pronto por cuestiones fuera del contexto, algo ya se había despertado nuevamente.

Ahora, aquí, a puertas de una nueva experiencia de la mano de una organización a la que admiro mucho, mi corazón late fuerte cuando pienso en las posibles experiencias que me esperan en este año de maestra de escuela. Pero en la misma intensidad corren mis miedos e inseguridades. Son como la trampa perfecta. Algo como una sensación de estar nerviosa me sobrepasa. ¿Y qué debes hacer cuando algo te despierta esa sensación de estar nerviosa? Pues vas hacia ello con fuerza. El caminito no es gratuito.