Barbie dreamer

Hace unos años, en la época de la universidad, leía un libro sobre edición de sonido y cine escrito por un señor bastante genial. En la introducción de aquel libro, el autor (un famoso editor de cine de Hollywood) decía, casi como una sentencia, que una persona debería dedicarse a lo que le apasionaba cuando tenía ocho años. Y como yo admiraba a quien me había recomendado el libro y al mismo autor del libro, pues lo pensé seriamente: ¿Qué me apasionaba a los ocho años?

¿Qué?

¿QUÉ?

¡QUÉ!

No podía responderme. Me bloqueaba. Me comparaba contantemente con la historia de aquel editor de cine, quien contaba que a esa edad le apasionaba grabar sonidos con un aparato arcaico y luego jugar a mezclar y recortar aquellos sonidos con otro aparato arcaico. ¿Y a mí? A mi no me apasionaba nada así de cool. No bailaba, no era una lectora apasionada, no tomaba fotografías con un aparato arcaido, no dibujaba, no pintaba. Llegué a la conclusión de que debía haber niños a los que algo les apasiona y a los que simplemente na de na.

Cuando mi hermana menor y yo teníamos 6 y 8 años, y hacia delante de nuestra niñez, nuestro tesoro más preciado del mundo era nuestra única Barbie y su inmenso baúl rosado de ropa. Nuestro segundo tesoro más preciado era las diferentes partes de su casa. En ese entonces no teníamos un lugar fijo en donde vivir. Mi padre soltero no poseía una casa así que vivíamos en cuartos alquilados o algún cuarto que nos ofrecía alguna tía. Pero siempre que nos instalábamos en un lugar nuevo, tenía que haber un espacio para armar la casita de la “Barbie y sus amigos”. Nunca tuvimos la casa convencional de la Barbie, pero definitivamente teníamos una mejor. Con las partes que poseíamos (cocina, sala, dormitorio, comedor y oficina), las cuales nos compraron antes de la dramática separación de nuestros padres, diseñábamos nuestra casa como se nos antojara en alguna parte del lugar donde nos tocara vivir.

 

Cada vez que poseíamos un nuevo sol de propina para las dos, lo cual era quizá una vez a la quincena, mi hermana y yo teníamos siempre la misma idea que nunca fue discutida: comprarle una muda nueva a la Barbie. Corríamos con alegría a escoger la mejor muda o vestido de entre todos las que traía el señor de la tienda de chucherías del mercado. Nos pasábamos una hora escogiendo la más hermoso de entre 50 opciones y así nuestro baúl de plástico rosa engordaba para hacernos inmensamente felices a las tres.

Cuando jugábamos con nuestra Barbie surgía una magia que solo mi hermana y yo compartíamos. Una magia que no se podía replicar cada vez que jugábamos con alguna primita o vecinita. Cuando estábamos solas, hacíamos todo un melodrama de su vida, en la que la acompañaban su amiga de trapo, su pequeña bebé (era madre soltera) y su inmenso perro. Hacíamos capítulos de su vida y poseía una voz particularmente madura que siempre podíamos falsear bien. Pasaba por momentos alegres y tristes, pero siempre salía victoriosa, hermosa y elegante como solo ella. Algunas veces le cambiábamos de profesión, pero las más usuales eran la de doctora, ingeniera o abogada, por la influencia de nuestro padre que no paraba de imaginarnos en voz alta como un par de abogadas, ingenieras o doctoras.

En aquellas épocas, ni mi hermana ni yo entendíamos el trato que las otras niñas tenían hacia sus barbies. Para ellas era un juguete más de entre varios, y hasta en cierto punto del juego se aburrían de ellas. Para nosotras, en cambio, nuestra Barbie se había convertido prácticamente en nuestra hermana mayor, un personaje importante de nuestras vidas, quizás en una prolongación inconsciente de una futura vida adulta, que la hacía esencial en el transcurso normal de nuestra cotidianeidad.

A esa edad, éramos libres. Imaginábamos y jugábamos sin restricciones. Nuestro tiempo libre lo dedicábamos exclusivamente a lo que nos apasionaba: diseñar la casa y escoger los diferentes outfits de nuestra Barbie. Aún no llegaba la adolescencia y su brote infinito de issues tras issues. Aún no llegaba la literatura, la filosofía, los cambios de carrera, los dilemas existenciales, las preocupaciones por la humanidad, ni los ex. Aún no llegaban las máscaras de chica intelectual, ni los miedos de la chica tímida, tolerante y modosita. Aún no llegaba la adultez y su ceguera hacia lo que tanto había movido y aún movía (casi secretamente) ahí adentro, en el alma, el corazón o como sea que se le llame.

Y es que cuando me preguntaba ¿Qué me apasionaba a los ocho años?, por supuesto que venía a mi cabeza imágenes de la “vida” de nuestra Barbie y su enorme baúl rosa, pero inmediatamente lo bloqueaba, inmediatamente me sacudía de esos recuerdos o pensamientos como si fueran mosquitos molestos. Eso no podía ser una pasión. Eso no era algo serio. Una pasión no puede ser así de superficial. Cómo uno se puede dedicar a algo relacionado con algo así de superfluo como la moda, las telas, las formas, los colores, ¡las Barbies! Ciega total. Peor aún: ciega hacia adentro.

Este año, lleno de revelaciones, he decidido ser lo más transparente que se pueda conmigo misma.

Así que ya puedo decirme a mí misma: soy una entera Barbie dreamer. Amo todo lo supuestamente superficial relacionado con la moda y los cuerpos femeninos. Y que se joda el mundo.

Eres libre de compartirlo:

Posted in PERSONALES.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *