El pequeño Yordi

Yordi lee atentamente un cuento. Observo cada gesto suyo como tratando de descifrar hasta el más mínimo pensamiento dentro de su cabecita de ocho años. Por momentos se detiene en una palabra que no puede deletrear del todo y su expresión se torna algo dura. Yo lo ayudo. Y sigue como si nada hubiera pasado. Se esfuerza en todo momento hasta la última línea, donde encuentra la palabra más difícil que haya visto jamás. No puede deletrear ni una parte de ella: tiene dos sílabas trabadas. Lo ayudo por última vez. Termina hasta leer más allá del punto final: un recuadrito donde está la moraleja. Aleja el libro de si sin mirarme esperando una respuesta, le digo que estuvo muy muy bien y de pronto me nacen unas ganas de abrazarlo que reprimo inmediatamente.

Y es que recién lo conozco. A unos días de iniciar las clases, las madres de Rancas vienen a matricular a sus niños a la pequeña escuelita primaria donde mi compañera y yo hemos llegado a cubrir plazas vacías. Su madre vino hace dos días. Ella, como las demás madres, llegó al salón donde la directora estaba matriculando a los niños, pero Yordi se quedó afuera. No me hubiera percatado de que alguien acompañaba a la risueña señora si es que una cabecita no se hubiera asomado por un lado de la puerta. Dos ojos observaron el salón con recelo hasta que su mirada se cruzó con la mía y le sonreí ampliamente recordando a los niños tímidos y asustadizos que había conocido tiempo atrás. Por un segundo creí que no correspondería el gesto catalogándolo como un chico retraído. Pero lo hizo. La cabeza en la puerta se iluminó con una sincera sonrisa. Una burbujita de prejuicio reventó en el aire. Él se animó a entrar, le preguntamos a qué grado pasaba y respondió “tercero”. Algo saltó en mi corazón. Era mi primer alumno.

A primeras horas de la mañana, los tres profesores más la directora (también profesora) fuimos a recoger los materiales que había mandado el Estado a una casa frente a la plazita de Rancas, no muy lejos del colegio. Cuando estábamos a mitad del camino con nuestros paquetes en brazos, Yordi se asomó a observarnos desde el segundo piso de su casa (segundo piso que, por esas circunstancias del relieve, se encontraba a nuestro nivel). “!Yordiiii, ven a ayudar!” grito la directora amistosamente. Inmediatamente con unos saltos cruzó un pequeño muro para llegar a nosotros y se dispuso a cargar libros. Llegamos al salón a contar y acomodar los materiales. La directora lo mandó dos veces más a preguntar por documentos faltantes y él iba y regresaba sin chistar. Realmente creí ser la profesora más afortunada del mundo. Todo sin sabor de mudanza, contratiempos o noticias no gratas se esfumaron.

Luego, caminamos unos minutos por el pequeño colegio. Hablamos de animales, de burros y mulas, de loros que hablaban solo cuando se les daba la gana y del león. ¿Has visto alguna vez un león? me preguntó. Solo en el zoológico, le respondí, si lo ves en persona te come. Hablamos de lo que cultivaban por la zona, de lo que más comía y más le gustaba. Me preguntó si había comido mashua. Yo le dije que por supuesto. Se sorprendió y me preguntó cuántas veces. Le dije uf varias porque mi abuelita es de Ancash también y ella siempre ha cocinado mashua, dije triunfante. Mostró una expresión muy alegre al escuchar eso. Caminamos hacia la cocina y observamos por la ventana. Le dije “Éste será nuestro salón. Como no hay salón para tercero porque somos poquitos, nos vamos a acomodar acá. Vamos a sacar todas esas cosas, vamos a traer unas carpetas y vamos a pegar dibujos en esa pared. ¿Qué  te parece?” Dijo que estaba de acuerdo. Noté que observaba el hueco que hay entre la cocina y el comedor y le dije que el hueco lo taparíamos con una tablita y nadie nos molestaría. Que todo quedaría bonito. Asintió con la cabeza. Nos hicimos cómplices.

Cuando regresamos al salón de primer grado, me dispuse a hojear las decenas de libros de cuentos para niños que se acomodaban en un estante. Inmediatamente Jordy me hace saber cuáles son los cuentos que él y sus amiguitos prefieren. Éste, este y este me dice, señalando dos libritos compilaciones y un pintoresco cuento sobre un hombrecito de oro en una mina: El Muqui. Curioso, pienso. Cerca de este pueblo se encuentra una mina muy grande a nivel nacional. Muchos niños de acá tienen a familiares o conocidos que trabajan allí. Probablemente el cuento atraiga su atención más que otros porque es una realidad que conocen muy bien y se identifican con ella. O quizás no, habría que leerlo con ellos e indagar con preguntas. De todas formas, me da pistas para empezar mi labor de profesora. Me da pistas para poder crear forma de llegar a ellos. Una maraña de ideas se empieza a construir en mi cabeza.

Por lo pronto, el tiempo no pasa por aquí cuando observo los ojos atentos sobre un libro de mi primer alumno y me imagino su vida entera, la que ya vivió y la que está por vivir. No sé si el compromiso se está convirtiendo en amor o el amor en compromiso, pero un natural miedo atraviesa mi mente. Sin una explicación lógica Yordi encontró una vía rápida a mi corazón y se instaló ahí como para no irse jamás. Seguramente sus compañeros seguirán el mismo camino y no hay vuelta atrás.

Alguien grita su nombre desde afuera. Él alza la cabeza instantáneamente como un animalito que “para las orejas” en un milisegundo. Procesa la información, reconoce la voz y parte a la carrera sin despedirse y dejando a medio terminar la galleta que le regaló la directora. Solo sonrío al ver la puerta por donde acaba de pasar un rayo de luz.

Teacher, ¿really?

Mientras sigo dándole vueltas y vueltas a un artículo sobre Avatar que amenaza con nunca salir a la luz, empezaré por contar lo que me pasa por estos días en los que siento que una fuerza muy superior a todo lo que conozco hasta ahora me hace una llave espectacular. O más bien, a mi ego. Estoy iniciando una pequeña, pero bastante efectiva, formación de maestra de escuela y necesariamente todas aquellas ideas volátiles que tengo en la cabeza son jaladas hacia abajo hasta estrellarse en el suelo. Todos aquellos pensamientos recurrentes sobre la sociedad, la humanidad, Dios, el respeto, la justicia, el amor se ven obligados a hacer un aterrizaje de emergencia. Y ya con todo eso bien al ras de la tierra, y más que nada mis prejuicios con la cara en el suelo, me pregunto si estaré preparada, si es que soy capaz de seguir con una labor tan ardua si es que se quiere hacer bien y con respeto, si estaré preparada para ser maestra de escuela rural, alejada permanentemente de mis adorables comodidades. Mis miedos me dicen que no, mi corazón me dice que sí y mi mente me dice “qué demonios haces preguntándote, ponte a trabajar, hay mucho por hacer”.

Y bueno, para no desfallecer en el mero inicio, lo que sería una gran pena, trataré de serenarme y recordar aquellas experiencias que me han traído hasta este punto. A recordar el caminito que he seguido desde que renuncié a un trabajo de oficina en una institución de las Fuerzas Armadas.

Conservo en mi dormitorio, desde hace un par de años, una pequeña estera hecha por las manos de un pequeño de diez años llamado Luis. Me la regaló luego de su clase práctica en su pequeña escuelita en Lamas, San Martín, a donde fuimos a hacer un reportaje para un taller de periodismo ambiental. Se acercó con timidez y me la dio con tal sincero afecto reflejados en sus ojos, que hasta hoy recuerdo su sonrisa, su mirada, su timidez y todo lo que me dijo cuando me habló de su sueño de ser profesor. Me llevé la estera con la idea de utilizarla para algo productivo, porque la verdad es que no estaba tan cute como para un adorno. Pero no pude, no quise que se estropeara. Se quedó ahí para recordarme dos cosas: volver y que podía establecer una conexión especial con los niños.

Meses después, cuando estuve trabajando en una radio en la selva de Amazonas, hubo un día  en el que recorrí varios colegios locales para hacer una nota informativa sobre los simulacros de sismo en las escuelas. Aquel día, la imagen de las aulas, los profesores y las sonrisas sinceras de los niños causaron algo en mí, que no podía identificar muy bien. Me trasladaron por un instante a algo casi primitivo dentro de mí. Fue como un pestañeo. Un pestañeo a un viejo sueño adolescente de mejorar la educación del país (lo que me llevo a ingresar a la Escuela de Psicología, que luego dejé). Quizás fue la alegría de los chicos cuando hacían actividades fuera del aula o quizás todo lo verde que se extendía alrededor de los colegios que hacía el panorama alguito más poético. Quizás fue el clima o quizás que no había comido bien (ja) Quién sabe. Pero sentí un débil llamado.

Ya nuevamente en Lima tuve la oportunidad de cruzarme, en un curso del Británico, con una linda profesora muy apasionada por su trabajo y una maestra (religiosa) de vocación que, de diferentes formas, notaron en mí rasgos de una colega nata. O sea, oh my grandísimo, porque en mi mente se dibujaban las preguntas: ¿Maestra de escuela? ¿Really? ¿No he estudiado una carrera? ¿Eso no es para los nacos? Pues no. Así que me puse a enseñar inglés a niños de quinto de primaria en un colegio particular y la experiencia fue ardua. Todos saben que ser profesor no es fácil y menos aún si realmente quieres que tus chicos se lleven algo significativo. Pero los momentos que te llevas son únicos. Como cuando te dicen que eres la profe más chévere, o la más “elagantiosa” o cuando te dicen “no importa, miss, todos nos equivocamos” cuando te equivocaste olímpicamente con ciertas reglas del colegio. O cuando te dicen que ahora las clases de teoría son más chéveres que las de laboratorio. Dios, ese sí que es otro level. Aquellos meses el llamado que había sentido tiempo atrás se hizo mucho más fuerte. Lo notaba en mis noches de insomnio por pensar y pensar en mis alumnos, en formas más efectivas de llegar a ellos. Era casi una obsesión. Y si bien  la experiencia acabó pronto por cuestiones fuera del contexto, algo ya se había despertado nuevamente.

Ahora, aquí, a puertas de una nueva experiencia de la mano de una organización a la que admiro mucho, mi corazón late fuerte cuando pienso en las posibles experiencias que me esperan en este año de maestra de escuela. Pero en la misma intensidad corren mis miedos e inseguridades. Son como la trampa perfecta. Algo como una sensación de estar nerviosa me sobrepasa. ¿Y qué debes hacer cuando algo te despierta esa sensación de estar nerviosa? Pues vas hacia ello con fuerza. El caminito no es gratuito.

Love en condiciones adversas

 

Recuerdo bien la tarde en la que decidí poner en práctica el mensaje que me transmite esta escultura hecha por Alexander Milov. Me encontraba en medio de una de las últimas discusiones que tuve con la pareja más difícil que la vida me puso en frente. A esas alturas de mi vida, ya era consciente de que no era una víctima (como lo había creído años atrás) de una relación que yo había aceptado y había construido por más “chico malo y chica buena” que pareciéramos cuando estallaban los problemas. Unos celos sinsentido se apoderaron de él y no pudo controlarlos. La discusión se acaloró y luego de una avalancha de insultos de su parte y un serio mutismo del mío, por vez primera en los cuatro años que nos conocíamos, me puse furiosa. Entonces, tomé yo las riendas de la discusión y traté de echarlo de mi casa diciéndole que ya no lo quería. También pude haberlo insultado como se me ocurriera y hacerle sentir lo peor del mundo porque tenía el poder. Pero decidí no hacerlo, supe controlarme. Me limité a despreciarlo callada con miradas fulminantes mientras pedía disculpas. Luego de un rato, felizmente, los dos nos calmamos mientras yo me tragaba una tonelada de insultos. Le dije que era el final. El alistó sus cosas para irse, pero luego los dos dudamos porque estábamos repitiendo una danza que ya habíamos bailado y sabíamos que no solucionaba nada en nuestra –tóxica- relación. Decidimos entonces sentarnos a pensar en nosotros mismos. Él con todas sus cosas listas en los brazos. Callados. Cabizbajos. Más distantes que nunca. Algo muy parecido a la foto de aquella escultura. No sabíamos qué hacer, todo parecía bastante definitivo y dolía.

Yo estaba muy enojada con él, y conmigo misma por haber permitido que esa persona nuevamente entrara en mi vida. Sentía rabia al recordar una avalancha de problemas pasados, mentiras, humillaciones, infidelidad. La auto-lástima (la cara más solapada del ego) me poseía. En ese momento él era como un enemigo para mí. Solo quería que se fuera de mi casa, de mi vida y de paso, si por ahí pudiera pisarlo un carro, mejor. Pero de pronto recordé (de una forma bastante random) aquella imagen, aquella sublime escultura de los niños dentro de las jaulas de sus adultos enemistados, intentando tocarse. Realmente me había conmovido. Decidí poner en práctica, entonces, lo que intentaba enseñarme. Empecé recordando el dolor de la persona que tenía en frente, ese pesado dolor en el alma que llevan todas las personas que fácilmente se descontrolan con violencia. Todo impulso de revancha empezó a ceder. Recordé cuánto lo conocía como para amarlo, recordé su historia, los pasajes de su infancia, cuánto sabía que era un hombre que sufría por dentro y cuántas grandes y valiosas virtudes poseía. Recordé también los maravillosos recuerdos de hermandad que creamos cuando no habían discusiones de por medio. Sabía de antemano que la relación tenía un fin cercano y sabía también que recién en esta última parte de nuestra historia yo había empezado a amarlo realmente: tratando de vencer mis inseguridades y miedos (los terribles issues que aún tengo) como un paso necesario antes de proferir “amor”. Entonces, seguí en esa línea de pensamiento que recién un mes atrás había comprendido y puse en práctica la escultura de Milov. Salté la valla del miedo a no ser correspondida y dejé que la niña que amaba a ese niño –que él también llevaba dentro- se acercara. La liberé para que pueda brindar (y brindarse) una muestra de amor con los ojos del alma abiertos.  Me acerque y lo abracé. Y como lo había presentido, él no correspondió el gesto, mantuvo los brazos cruzados y la cabeza gacha con unas lágrimas de impotencia que amenazaban con estallar. Pude sentir su rigidez, la rabia de sentirse observado, vulnerable, y la tristeza de no poder vencer sus miedos. Lo abracé más fuerte, entonces, porque de los dos él era quien más necesitaba de un abrazo. Derramé lágrimas a mi vez por la gran angustia de saber que tendría que dejarlo ir a pesar de conocerlo y quererlo tanto.

Naturalmente, nuestra relación terminó a los pocos días, porque toda relación de pareja, por más tóxica que sea, se desmorona como un castillo de naipes cuando una de las dos partes decide con dignidad poner fin al dolor mutuo. Pero estoy segura de que con esa –aparentemente- insignificante decisión de abrazar a mi momentáneo enemigo como una hermana luego de una tormentosa discusión, activé una pequeña e imperceptible fuerza que fluirá dentro de los dos a lo largo de nuestras vidas tocando a las personas con las que nos conectemos de alguna forma. Y lo que para mí es más importante, empecé a practicar un amor real, empecé a construirme a mí misma, empecé un camino nada fácil para quienes provenimos de generaciones de familias infestadas de amor enfermo y violencia. Empecé ese bello y necesario camino para poder eventualmente (o en el proceso) provocar un verdadero cambio, de a poquitos, en todo lo que pueda rodearme.

Estoy enormemente agradecida con esa escultura y espero con toda el alma que haya logrado algo parecido en los corazones de otras personas.