La princesa Monoke: ODIO Vs AMOR RULES

– Principe, Ashitaka, ¿Estás preparado para contemplar tu destino?

– Sí. Lo estaba ya cuando hice volar mi flecha.

– La infección se extenderá por todo tu cuerpo, te producirá un gran dolor y finalmente te matará.

Éste debe ser uno de los mejores pedazos de diálogo de la historia del cine. Muestra el estoicismo de un noble –y bastante joven- guerrero ante la revelación de su fatal y pronto destino revelado por la anciana sacerdotisa de su aldea. La causa es una herida negra, producto de una batalla uno a uno con un jabalí endemoniado que pretendía destruir todo el pueblo. La herida se localiza en su brazo derecho y lo hace más fuerte físicamente, pero por ser una lesión hecha directamente por una bestia carcomida por odio, le avisan, que puede llegar hasta el centro de toda su consciencia: de toda su alma.

Sin embargo, para alivio del pueblo que lo ama, la anciana-sabia también le revela a Ashitaka que éste tiene la opción de ir al encuentro de su destino. Enfrentarlo. Para eso, primero tiene que llegar al lugar donde se originó la pequeña bola de hierro que encontraron dentro del cuerpo del jabalí enloquecido –la cual carcomió al animal desde sus entrañas- y observar lo que sucede, desprendiéndose de cualquier humano impulso de venganza. “El mal recorre las tierras del oeste. Ve allí, observa con mirada desprovista de odio. Quizás consigas levantar la maldición”, le dice la anciana.

¿Mirada desprovista de odio? ¿Y cómo es eso? ¿Cómo se supone que se pueda lograr eso? Más aun, en un caso como el del joven príncipe, sabiendo que encontrará a los culpables de su ponzoñosa herida mortal. Además, para hacer más compleja la situación, Ashitaka efectivamente se llega a encontrar con una guerra donde es bastante fácil tomar partido: una guerra entre humanos que queman bosques y fabrican armas de fuego y feroces animales que defienden su hábitat de la destrucción por la explotación del hierro. Y ya para hacer de esto una misión imposible, se enamora de la hija de la Madre Lobo, uno de los dioses líderes que defienden el bosque: la princesa Mononoke.

¿Cómo llegar a cumplir la consigna de “observar” exento de prejuicios con todo los factores en contra? Pues con respeto, lo  único que puede generar una gran determinación por dominar los impulsos de juzgar precipitadamente que nacen en cualquier ser humano cuando se ve entregado por completo a sus emociones.

Dependiendo del background del que hayamos salido, uno también se siente inclinado a tomar partido en aquella guerra metafórica de Miyasaki. En mi caso –seguramente como en el de la gran mayoría de mis coetáneos- se me hace fácil inclinarme por los animales, que la verdad no son nada dulces, sino más bien enormes bestias provistas de conciencia y habilidad verbal, dispuestas a asesinar todo lo que se le ponga en frente. Sin embargo, entiendo, que debe haber quienes sienten mayor simpatía por Leidi Eboshi, la líder de la aldea del hierro, por su determinación en favorecer a las personas más pobres de las ciudades (leprosos y prostitutas) brindándoles trabajo y un lugar donde vivir dignamente.

Pero el noble Ashitaka, respaldado por sus fuertes principios, no puede hacer más que colocarse en medio del fuego cruzado. Sabe, por lo que le mencionó la anciana y seguramente por todo lo que ha aprendido desde la cuna en su ancestral pueblo, que si se permite juzgar sin conocer a profundidad todos los factores del conflicto, inevitablemente se verá arrastrado por el odio. En varias ocasiones salva la vida de la princesa Mononoke, la mujer que ama, pero a su vez también protege a Leidi Eboshi, lo que obviamente cuesta mucho entender. Y como es de esperarse, tanto la líder del pueblo de hierro como el dios Lobo se ríen burlonamente de los intentos del joven guerrero por disuadirlas a dejar los enfrentamientos y evitar más muertes.

Y lo que puede llegar a verse detrás de esta bella historia es la pugna entre dos procesos opuestos: el proceso que lleva a la destrucción y el que lleva a la construcción de vida. El primero permite que el natural impulso humano por juzgar siga un camino ciego hasta el odio y germine la gran posibilidad de destrucción a través del odio que alimente en otros espíritus. Leidi Eboshi juzgaba a las bestias que defendían sus bosques como caprichosos obstáculos a su necesidad de extraer el hierro para alimentar y hacer funcionar toda una aldea. En el caso de los lobos y demás bestias, éstos únicamente defendían el bosque, pero armando una sangrienta e insensata batalla, con miles y miles de muertes absurdas de los dos lados. En cualquiera de los dos casos, por más “bien intencionado” que fuera uno de ellos, actuaban de acuerdo a voluntades ciegas.

El segundo proceso, en cambio, es guiado por el respeto. La persona intenta conocer, intenta ver con el alma, antes de juzgar o seguir juzgando el comportamiento de cualquier espíritu fuera de uno mismo. Frena el camino al odio y da paso al amor. Ashítaka, con una valentía obviamente inusual, surreal para muchos de nosotros, llega a conocer ese amor en medio de tamaña guerra. Y es únicamente a consecuencia de eso que el Dios de todo los seres, el Espíritu del Bosque, el único que puede quitar y dar vida, se le acerca de una forma bastante sublime, para sanarlo cuando cae herido de muerte.

Si alguna vez has estado cerca al profundo sentimiento de amor por la vida, es inevitable que se te haga un nudo en la garganta, que se te agolpen unas lágrimas al ver la serenidad en los ojos de aquel extraño, inexplicable e inasible ser, que a cada paso que da hace florecer y marchitarse al instante diversos tipos de pequeñas flores.

Finalmente, se puede entender que para llegar a conectar con aquel Espíritu elevado, para llegar a decidir por el proceso que lleva al amor que construye, es necesario un trabajo espiritual, que en el caso del joven príncipe, es uno que ya está arraigado desde las nobles costumbres de su aldea. En el caso de todos los demás silvestres humanos que vivimos en los confines de una cultura aparentemente sin núcleo y con formas confusas, que más nos parecemos a esos torpes jabalíes que a nadie escuchan, se nos hace más difícil poder construir antes que destruir. Carecemos de espiritualidad. Por eso la destrucción exponencial de nuestro hábitat, la violencia malsana en todas sus expresiones y un largo largo laaargo etc. Pero historias como las de La princesa Mononoke, si se llegan a sentirlas de corazón, pueden llegar  a ser un hermoso ejemplo de cómo actuar -o al menos intentar actuar- frente a cualquier conflicto.

La princesa Monoke: RESPETO RULES

En una de las primerísimas escenas de aquella extensa y maravillosa cinta de Miyasaki, La princesa Mononoke, un valeroso príncipe va a todo galope encima de su reno tratando de detener a un enorme jabalí poseído, que revestido de furia se dirige a toda prisa hacia la aldea del joven para destruirla. El joven Ashitaka se coloca delante del monstruo y trata de persuadirlo. “Aplaca tu ira, poderoso señor. Seas dios o demonio te ruego que nos dejes en paz. Alto, por favor, no destruyas nuestra aldea” pide el joven con voz firme. Pero el demonio, carcomido por el odio (del cual luego se revelará su causa), no tiene voluntad alguna de detenerse y sigue su camino directo al pueblo, a lo que Ashitaka no tiene más remedio que enfrentársele en una ardua pelea. Tras dos certeros flechazos, el inmenso jabalí cae herido de muerte y a toda prisa traen a la anciana-sabia del pueblo para que ésta pueda decir unas palabras antes de que la desdichada bestia parta de esta vida. “Dios sin nombre, de furia y odio, me inclino ante ti. Levantaremos un montículo donde has caído. No nos guardes rencor y descansa en paz” recita la anciana haciendo varias reverencias al enorme cuerpo caído, a lo que la bestia moribunda responde rencorosamente: “Criaturas despreciables, pronto todos ustedes sentirán mi odio y sufrirán lo que yo he sufrido”.

¿Qué fue eso? ¿Qué significa aquella condescendencia que los aldeanos le muestran a la bestia que intentó aniquilarlos sanguinariamente? ¿Cómo es posible que aquellas personas evidencien tal consideración a su enemigo? Are you crazy? cuestiona mi mentalidad occidental. ¿Le levantarán un montículo a esa oscura bestia enloquecida? Miyasaki, please, sácame de aquí.

Y lo que pasa es que nuestro esquema mental, bajo la natural influencia de nuestra cultura occidental, no puede llegar a entender fácilmente la manifestación de una de las más elevadas muestras de amor en esta vida: el respeto. Se ciega a comprenderlo a causa de las valientes cantidades de humildad que se necesita para hacerlo. Porque aquel respeto que le muestran los aldeanos a la bestia en la historia de Miyasaki no se trata de una cáscara de “palabras o conductas corteses”, sino de un firme modo de vida, nacido de una cosmovisión fuertemente conectada con el amor a la naturaleza en su sinfín de formas.

El joven Ashitaka y la anciana sabia del pueblo muestran aquel respeto como un sentimiento que palpita dentro suyo, en cada acción diaria. Es un sentimiento que nace de un amor supremo a la vida y una natural aceptación de la muerte. Es el valiente respeto a la compleja y vasta naturaleza: animal, vegetal, humana o whatever. La cosmovisión de aquella aldea, de raíces orientales, está basada en la conciencia de que el ser humano no es capaz de aprehender en su totalidad las causas de diversas catástrofes o conductas monstruosas; por lo que consideran necesaria la humildad de aceptar tal realidad para poder actuar sabiamente en favor de la vida.

Por eso, en este caso específico donde un extraño jabalí pone en riesgo la vida del pueblo, la automática respuesta del joven héroe a su propio desconocimiento es la sincera aceptación de la enloquecida voluntad del monstruo, lo que vendría a ser el núcleo del respeto; mientras que las palabras condescendientes y educadas, que nacen de ese núcleo, vendrían a ser la forma material del respeto: su ritual necesario. Y en su totalidad, este concepto vivo, es preciso para no dejarse arrastrar por el mismo rencor que poseyó al infeliz jabalí, lo que únicamente generaría una más de aquellas catástrofes, alimentando una triste cadena de venganza. Porque si bien el joven príncipe llega a matar a la bestia, su voluntad jamás es guiada por un sentimiento de revancha, sino que es la honorable y única salida a la nula voluntad de un demonio que hace peligrar directamente la vida de personas inocentes.

Los más sabios de la aldea entienden además, o intuyen, que el silvestre jabalí en sí, su espíritu, su corazón, no es la causa de su endemoniada conducta, sino el odio -graficado como un monstruo de un millón de gusanos- que lo ha poseído; por lo que la respuesta no es responder con más rencor, sino con una digna aceptación del mal para poder superarlo de forma efectiva. Y toda la película está basada en ese principio. El principio de que el odio, como algo que ciega la sabiduría, y opuesto al amor, no es la vía para superar los conflictos en la tierra, porque solo alimenta más odio y, en consecuencia, perpetúa la destrucción del planeta y lo que vive sobre ella.