Nos fuimos a ver los peces

Cuando me dijeron peces me emocioné. ¿Peces allá arriba? ¿cómo? ¿si el río pasa más abajo? Ah, seguro hay una laguna o un estanque. Qué emoción.

Aaron, uno de mis cuatro alumnitos de tercer grado, me propuso ir por allá luego de clase porque su casa, una de las últimas de Rancas, quedaba en el camino. Estaba enterado de que había visitado la casa de dos de sus compañeros días anteriores y naturalmente deseaba que también conozca la suya. Me conmovió completamente su forma de invitarme a subir hasta allá-bien-arriba. Durante la semana, yo todavía había estado pensando qué día podría subir el supuesto camino “mortal”, cuando a él se le ocurrió el pretexto perfecto: “vamos a ver los peces a Mancos”. Genial, pensé. Vamos, respondí, e invité a todo aquel que quisiera sumarse.

Se sumaron entusiastas dos alumnos míos más y un niño y una niña de segundo grado. Todos conocían el lugar, pero no lo frecuentaban por la distancia: una hora de camino hacia arriba. “Profesora te vas a morir, no vas a llegar, es bieeeen lejos” me advirtieron. Y yo la verdad es que no soy muy terca ni muy competitiva, pero pensé: “este debe ser el momento para el que me he preparado tanto sin saber para qué ya más de dos años. Cynthia, tú llegas o llegas, tienes resistencia”. Así que dejé algunas cosas en casa de Yordi (de quien ya sé escribir su nombre) y nos echamos a andar por la pendiente por espacios pedregosa. Empezamos la subida una caravana de 12, contando los alumnos de otros grados cuyas casas quedaban en el camino, y poco a poco lo que parecía una gran escolta de niños se redujo a siete.

Los primeros 200 metros del camino me seguían advirtiendo que me moriría y me preguntaban si estaba cansada. No, era mi respuesta entre risas. El cansancio era bastante soportable, mi preocupación se centraba más bien en el pequeño de segundo grado que parecía el más débil del grupo y el perro de Mamaniña (la única niña de la crew) que tenia todo el tiempo la lengua afuera de lo agitado. Subíamos hablando de flores, frutas, sembrios, animales, mientras mi travieso dolor de cabeza Lincol no paraba de adelantarse por atajos y jugarme bromas para asustarme. A cada momento me señalaban flores de todo tipo y tamaño porque sabían lo que me gusta observarlas y fotografiarlas. Descansamos en un par de ocasiones y suspiré de alivio cuando vi que nuestro perrito acompañante tomaba agua de una sequia que corría hacia abajo dejando por momento charcos de lodo.

Cuando llegamos a la casa de Aaron, saludamos a lo lejos a su padrastro que se encontraba en plena cosecha de papa. La casa estaba vacía pero entramos al patio a pedido de Aaron. Todos los pequeños, incluido él, entraron con piedras en las manos porque decían que adentro había un perro que mordía a extraños. Saludamos al gato familiar que no se dejó tomar ni una foto y con las mismas nos fuimos porque parecía que llovería. Pregunté cuánto faltaba desde ahí y la respuesta se dividía en dos bandos: quienes ya estaban cansados -encabezados por Lincol- decían que faltaba un montón, que los peces estaban prácticamente en plena “puna” y quienes caminaban largas distancias todos los días, como Aaron, que decían que faltaba muy poco. Decidimos que aún podíamos seguir de todas formas y así llegamos a la última casa de los alumnos del pequeño colegio de Rancas, la famosa casa de Jeshu y su hermanito. En eso sonó a lo lejos un trueno y empezaron a asomarse nubes negras detrás de los cerros a lo que decidimos finalmente empezar la bajada lo más rápido posible sin importar que ni un solo pez habíamos visto. No podíamos permitir que la lluvia nos coja en pleno camino. Solo había un paraguas y éramos cinco los que teníamos que bajar.

Pero cuando llegamos a la altura de la casa de Aaron, parecía que el cielo empezaba a despejarse. Nos despedimos de él y tomamos otro camino, uno que me informaron era el mejor para bajar por ser menos inclinado aunque algo más largo. Acepté, no tenía de otra, ellos eran mis guías: estaba en sus manos. Ellos bajaban más rápido que yo en los caminitos angostos y pedregosos, tal cual cabritas del monte, mientras yo sufría colocando un pie y luego el otro con el terror de resbalarme y morir del espanto al embarrar mi outfit y mi mochila. Y como solo ellos pueden ser tan tiernos -hasta Lincol- me esperaban y se aseguraban de que su profesora no muriera.

Decidieron mostrarme uno de sus lugares secretos donde había unas hermosas flores que no pude fotografíar por el susto de casi morir del espanto ahora-sí. Era un lugar algo escondido donde se encontraban unos tanques de concreto que contenían agua. Una especie de mala hierba estaba bastante crecida por todo el lugar y hacía difícil caminar porque también era pedregoso. Cuando terminé el proceso de sacar mi cámara, ellos ya se habían adelantado hasta donde se encontraban las flores y y sus frutos que gustaban de probar. Me di cuenta que estaba atrasada y que ellos habían cruzado un muro de piedras por el que inevitablemente tenía que pasar. Apenas me abrí paso hasta el muro con todas mis cosas a cuestas y ya podía prever que se me haría un problema. La pequeña Mamaniña intentó ayudarme desde el otro lado con mi casaca y el paraguas mientras yo, tal cual un inmenso rumiante pesado, intentaba colocar mis patitas sobre el muro protegiendo mi cámara. En eso se movieron unas piedras y una parte del muro cayó por un lado provocando nuestros gritos femeninos. Los tres niños se dieron cuenta y vinieron. Lincol empezó a gritar ayúdenla, ayúdenla, antes que se caiga, apúrense, ayúdenlaaaa. Kevin vino y me dio la mano para poner el pie en uno de los estanques que estaba del otro lado. Y en realidad todo era para reírse y por eso me mataba de la risa. El muro apenas habría tenido un metro de altura.

Decidimos que teníamos que salir de ahí y cruzamos unos maizales. En eso Kevin vio algo en un muro de tierra adornado de diversas plantas al lado del camino y se abalanzó sobre él con rapidez, eran un ramillete de hojas que estaban empezando a crecer desde unas raíces superficiales fáciles de arrancar por completo. Sacó dos, una se la dio a Lincol que rápidamente lo persuadió para que se la diese y la otra, para mi gran sorpresa, me la regalo. Por la expresión de gran júbilo que mostró por encontrar esa planta como si fuera un tesoro supuse que quería tenerla para él mismo. “Y esta es para ti. Dan unas flores blancas bien bonitas” me dijo. Me derretí de la ternura y literalmente me dejó sin palabras. Solo un par de minutos después pude reaccionar y agradecerle.

¿Qué había hecho para merecer estos momentos hermosos junto a estos pequeños traviesos? ¿Qué cosas han tenido pasar para llegar hasta este punto donde me siento eternamente agradecida con la vida? No lo sé. Esa tarde de hace unos días me parecía increíble lo que estaba viviendo: niños guiando mis pasos en una pequeña aventura y enseñándome todo lo que conocen en su corta vida de la formas más transparentes y divertidas que uno pueda imaginar.

No todos los días son así de hermosos y divertidos. Hay días cuando me siento muy cansada y frustrada por no poder llegar a ellos académicamente como me gustaría o cuando no puedo lidiar con malos comportamientos u otros problemas colaterales que saltan de cualquier lado. A veces siento que me falta muchísimo para ser una buena maestra y la tristeza amenaza con tomarme de la mano. Pero veo la hermosa flor blanca que acaba de brotar en un jarrón al lado de mi ventana y sonrío al recordar momentos como los de aquella tarde donde los voy conociendo de a pocos, donde vamos creando vínculos y fotografías mentales difíciles de olvidar.

Ninguno de los cuatro lo habían notado al principio, pero cuando ya estábamos por despedirnos se dieron cuenta con júbilo que unas de las hojas que salía del tallito que yo llevaba en mi mano era en realidad un hermoso capullo de una flor blanca que ya estaba por brotar. Nos alegramos tanto pero tanto como si hubiéramos llegado hasta donde estaban los peces que no habíamos llegado a ver. En eso la mamá de Lincol lo llamó para que lo ayude en la chacra y los demás nos fuimos rápidamente antes de que nos coja la fuerte lluvia que ahora-sí estaba por caer.

Seguramente los peces seguirán ahí, esperándonos, para cuando decidamos subir de nuevo. Y será otra aventura.

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