Barbie dreamer

Hace unos años, en la época de la universidad, leía un libro sobre edición de sonido y cine escrito por un señor bastante genial. En la introducción de aquel libro, el autor (un famoso editor de cine de Hollywood) decía, casi como una sentencia, que una persona debería dedicarse a lo que le apasionaba cuando tenía ocho años. Y como yo admiraba a quien me había recomendado el libro y al mismo autor del libro, pues lo pensé seriamente: ¿Qué me apasionaba a los ocho años?

¿Qué?

¿QUÉ?

¡QUÉ!

No podía responderme. Me bloqueaba. Me comparaba contantemente con la historia de aquel editor de cine, quien contaba que a esa edad le apasionaba grabar sonidos con un aparato arcaico y luego jugar a mezclar y recortar aquellos sonidos con otro aparato arcaico. ¿Y a mí? A mi no me apasionaba nada así de cool. No bailaba, no era una lectora apasionada, no tomaba fotografías con un aparato arcaido, no dibujaba, no pintaba. Llegué a la conclusión de que debía haber niños a los que algo les apasiona y a los que simplemente na de na.

Cuando mi hermana menor y yo teníamos 6 y 8 años, y hacia delante de nuestra niñez, nuestro tesoro más preciado del mundo era nuestra única Barbie y su inmenso baúl rosado de ropa. Nuestro segundo tesoro más preciado era las diferentes partes de su casa. En ese entonces no teníamos un lugar fijo en donde vivir. Mi padre soltero no poseía una casa así que vivíamos en cuartos alquilados o algún cuarto que nos ofrecía alguna tía. Pero siempre que nos instalábamos en un lugar nuevo, tenía que haber un espacio para armar la casita de la “Barbie y sus amigos”. Nunca tuvimos la casa convencional de la Barbie, pero definitivamente teníamos una mejor. Con las partes que poseíamos (cocina, sala, dormitorio, comedor y oficina), las cuales nos compraron antes de la dramática separación de nuestros padres, diseñábamos nuestra casa como se nos antojara en alguna parte del lugar donde nos tocara vivir.

 

Cada vez que poseíamos un nuevo sol de propina para las dos, lo cual era quizá una vez a la quincena, mi hermana y yo teníamos siempre la misma idea que nunca fue discutida: comprarle una muda nueva a la Barbie. Corríamos con alegría a escoger la mejor muda o vestido de entre todos las que traía el señor de la tienda de chucherías del mercado. Nos pasábamos una hora escogiendo la más hermoso de entre 50 opciones y así nuestro baúl de plástico rosa engordaba para hacernos inmensamente felices a las tres.

Cuando jugábamos con nuestra Barbie surgía una magia que solo mi hermana y yo compartíamos. Una magia que no se podía replicar cada vez que jugábamos con alguna primita o vecinita. Cuando estábamos solas, hacíamos todo un melodrama de su vida, en la que la acompañaban su amiga de trapo, su pequeña bebé (era madre soltera) y su inmenso perro. Hacíamos capítulos de su vida y poseía una voz particularmente madura que siempre podíamos falsear bien. Pasaba por momentos alegres y tristes, pero siempre salía victoriosa, hermosa y elegante como solo ella. Algunas veces le cambiábamos de profesión, pero las más usuales eran la de doctora, ingeniera o abogada, por la influencia de nuestro padre que no paraba de imaginarnos en voz alta como un par de abogadas, ingenieras o doctoras.

En aquellas épocas, ni mi hermana ni yo entendíamos el trato que las otras niñas tenían hacia sus barbies. Para ellas era un juguete más de entre varios, y hasta en cierto punto del juego se aburrían de ellas. Para nosotras, en cambio, nuestra Barbie se había convertido prácticamente en nuestra hermana mayor, un personaje importante de nuestras vidas, quizás en una prolongación inconsciente de una futura vida adulta, que la hacía esencial en el transcurso normal de nuestra cotidianeidad.

A esa edad, éramos libres. Imaginábamos y jugábamos sin restricciones. Nuestro tiempo libre lo dedicábamos exclusivamente a lo que nos apasionaba: diseñar la casa y escoger los diferentes outfits de nuestra Barbie. Aún no llegaba la adolescencia y su brote infinito de issues tras issues. Aún no llegaba la literatura, la filosofía, los cambios de carrera, los dilemas existenciales, las preocupaciones por la humanidad, ni los ex. Aún no llegaban las máscaras de chica intelectual, ni los miedos de la chica tímida, tolerante y modosita. Aún no llegaba la adultez y su ceguera hacia lo que tanto había movido y aún movía (casi secretamente) ahí adentro, en el alma, el corazón o como sea que se le llame.

Y es que cuando me preguntaba ¿Qué me apasionaba a los ocho años?, por supuesto que venía a mi cabeza imágenes de la “vida” de nuestra Barbie y su enorme baúl rosa, pero inmediatamente lo bloqueaba, inmediatamente me sacudía de esos recuerdos o pensamientos como si fueran mosquitos molestos. Eso no podía ser una pasión. Eso no era algo serio. Una pasión no puede ser así de superficial. Cómo uno se puede dedicar a algo relacionado con algo así de superfluo como la moda, las telas, las formas, los colores, ¡las Barbies! Ciega total. Peor aún: ciega hacia adentro.

Este año, lleno de revelaciones, he decidido ser lo más transparente que se pueda conmigo misma.

Así que ya puedo decirme a mí misma: soy una entera Barbie dreamer. Amo todo lo supuestamente superficial relacionado con la moda y los cuerpos femeninos. Y que se joda el mundo.

Nos fuimos a ver los peces

Cuando me dijeron peces me emocioné. ¿Peces allá arriba? ¿cómo? ¿si el río pasa más abajo? Ah, seguro hay una laguna o un estanque. Qué emoción.

Aaron, uno de mis cuatro alumnitos de tercer grado, me propuso ir por allá luego de clase porque su casa, una de las últimas de Rancas, quedaba en el camino. Estaba enterado de que había visitado la casa de dos de sus compañeros días anteriores y naturalmente deseaba que también conozca la suya. Me conmovió completamente su forma de invitarme a subir hasta allá-bien-arriba. Durante la semana, yo todavía había estado pensando qué día podría subir el supuesto camino “mortal”, cuando a él se le ocurrió el pretexto perfecto: “vamos a ver los peces a Mancos”. Genial, pensé. Vamos, respondí, e invité a todo aquel que quisiera sumarse.

Se sumaron entusiastas dos alumnos míos más y un niño y una niña de segundo grado. Todos conocían el lugar, pero no lo frecuentaban por la distancia: una hora de camino hacia arriba. “Profesora te vas a morir, no vas a llegar, es bieeeen lejos” me advirtieron. Y yo la verdad es que no soy muy terca ni muy competitiva, pero pensé: “este debe ser el momento para el que me he preparado tanto sin saber para qué ya más de dos años. Cynthia, tú llegas o llegas, tienes resistencia”. Así que dejé algunas cosas en casa de Yordi (de quien ya sé escribir su nombre) y nos echamos a andar por la pendiente por espacios pedregosa. Empezamos la subida una caravana de 12, contando los alumnos de otros grados cuyas casas quedaban en el camino, y poco a poco lo que parecía una gran escolta de niños se redujo a siete.

Los primeros 200 metros del camino me seguían advirtiendo que me moriría y me preguntaban si estaba cansada. No, era mi respuesta entre risas. El cansancio era bastante soportable, mi preocupación se centraba más bien en el pequeño de segundo grado que parecía el más débil del grupo y el perro de Mamaniña (la única niña de la crew) que tenia todo el tiempo la lengua afuera de lo agitado. Subíamos hablando de flores, frutas, sembrios, animales, mientras mi travieso dolor de cabeza Lincol no paraba de adelantarse por atajos y jugarme bromas para asustarme. A cada momento me señalaban flores de todo tipo y tamaño porque sabían lo que me gusta observarlas y fotografiarlas. Descansamos en un par de ocasiones y suspiré de alivio cuando vi que nuestro perrito acompañante tomaba agua de una sequia que corría hacia abajo dejando por momento charcos de lodo.

Cuando llegamos a la casa de Aaron, saludamos a lo lejos a su padrastro que se encontraba en plena cosecha de papa. La casa estaba vacía pero entramos al patio a pedido de Aaron. Todos los pequeños, incluido él, entraron con piedras en las manos porque decían que adentro había un perro que mordía a extraños. Saludamos al gato familiar que no se dejó tomar ni una foto y con las mismas nos fuimos porque parecía que llovería. Pregunté cuánto faltaba desde ahí y la respuesta se dividía en dos bandos: quienes ya estaban cansados -encabezados por Lincol- decían que faltaba un montón, que los peces estaban prácticamente en plena “puna” y quienes caminaban largas distancias todos los días, como Aaron, que decían que faltaba muy poco. Decidimos que aún podíamos seguir de todas formas y así llegamos a la última casa de los alumnos del pequeño colegio de Rancas, la famosa casa de Jeshu y su hermanito. En eso sonó a lo lejos un trueno y empezaron a asomarse nubes negras detrás de los cerros a lo que decidimos finalmente empezar la bajada lo más rápido posible sin importar que ni un solo pez habíamos visto. No podíamos permitir que la lluvia nos coja en pleno camino. Solo había un paraguas y éramos cinco los que teníamos que bajar.

Pero cuando llegamos a la altura de la casa de Aaron, parecía que el cielo empezaba a despejarse. Nos despedimos de él y tomamos otro camino, uno que me informaron era el mejor para bajar por ser menos inclinado aunque algo más largo. Acepté, no tenía de otra, ellos eran mis guías: estaba en sus manos. Ellos bajaban más rápido que yo en los caminitos angostos y pedregosos, tal cual cabritas del monte, mientras yo sufría colocando un pie y luego el otro con el terror de resbalarme y morir del espanto al embarrar mi outfit y mi mochila. Y como solo ellos pueden ser tan tiernos -hasta Lincol- me esperaban y se aseguraban de que su profesora no muriera.

Decidieron mostrarme uno de sus lugares secretos donde había unas hermosas flores que no pude fotografíar por el susto de casi morir del espanto ahora-sí. Era un lugar algo escondido donde se encontraban unos tanques de concreto que contenían agua. Una especie de mala hierba estaba bastante crecida por todo el lugar y hacía difícil caminar porque también era pedregoso. Cuando terminé el proceso de sacar mi cámara, ellos ya se habían adelantado hasta donde se encontraban las flores y y sus frutos que gustaban de probar. Me di cuenta que estaba atrasada y que ellos habían cruzado un muro de piedras por el que inevitablemente tenía que pasar. Apenas me abrí paso hasta el muro con todas mis cosas a cuestas y ya podía prever que se me haría un problema. La pequeña Mamaniña intentó ayudarme desde el otro lado con mi casaca y el paraguas mientras yo, tal cual un inmenso rumiante pesado, intentaba colocar mis patitas sobre el muro protegiendo mi cámara. En eso se movieron unas piedras y una parte del muro cayó por un lado provocando nuestros gritos femeninos. Los tres niños se dieron cuenta y vinieron. Lincol empezó a gritar ayúdenla, ayúdenla, antes que se caiga, apúrense, ayúdenlaaaa. Kevin vino y me dio la mano para poner el pie en uno de los estanques que estaba del otro lado. Y en realidad todo era para reírse y por eso me mataba de la risa. El muro apenas habría tenido un metro de altura.

Decidimos que teníamos que salir de ahí y cruzamos unos maizales. En eso Kevin vio algo en un muro de tierra adornado de diversas plantas al lado del camino y se abalanzó sobre él con rapidez, eran un ramillete de hojas que estaban empezando a crecer desde unas raíces superficiales fáciles de arrancar por completo. Sacó dos, una se la dio a Lincol que rápidamente lo persuadió para que se la diese y la otra, para mi gran sorpresa, me la regalo. Por la expresión de gran júbilo que mostró por encontrar esa planta como si fuera un tesoro supuse que quería tenerla para él mismo. “Y esta es para ti. Dan unas flores blancas bien bonitas” me dijo. Me derretí de la ternura y literalmente me dejó sin palabras. Solo un par de minutos después pude reaccionar y agradecerle.

¿Qué había hecho para merecer estos momentos hermosos junto a estos pequeños traviesos? ¿Qué cosas han tenido pasar para llegar hasta este punto donde me siento eternamente agradecida con la vida? No lo sé. Esa tarde de hace unos días me parecía increíble lo que estaba viviendo: niños guiando mis pasos en una pequeña aventura y enseñándome todo lo que conocen en su corta vida de la formas más transparentes y divertidas que uno pueda imaginar.

No todos los días son así de hermosos y divertidos. Hay días cuando me siento muy cansada y frustrada por no poder llegar a ellos académicamente como me gustaría o cuando no puedo lidiar con malos comportamientos u otros problemas colaterales que saltan de cualquier lado. A veces siento que me falta muchísimo para ser una buena maestra y la tristeza amenaza con tomarme de la mano. Pero veo la hermosa flor blanca que acaba de brotar en un jarrón al lado de mi ventana y sonrío al recordar momentos como los de aquella tarde donde los voy conociendo de a pocos, donde vamos creando vínculos y fotografías mentales difíciles de olvidar.

Ninguno de los cuatro lo habían notado al principio, pero cuando ya estábamos por despedirnos se dieron cuenta con júbilo que unas de las hojas que salía del tallito que yo llevaba en mi mano era en realidad un hermoso capullo de una flor blanca que ya estaba por brotar. Nos alegramos tanto pero tanto como si hubiéramos llegado hasta donde estaban los peces que no habíamos llegado a ver. En eso la mamá de Lincol lo llamó para que lo ayude en la chacra y los demás nos fuimos rápidamente antes de que nos coja la fuerte lluvia que ahora-sí estaba por caer.

Seguramente los peces seguirán ahí, esperándonos, para cuando decidamos subir de nuevo. Y será otra aventura.

El pequeño Yordi

Yordi lee atentamente un cuento. Observo cada gesto suyo como tratando de descifrar hasta el más mínimo pensamiento dentro de su cabecita de ocho años. Por momentos se detiene en una palabra que no puede deletrear del todo y su expresión se torna algo dura. Yo lo ayudo. Y sigue como si nada hubiera pasado. Se esfuerza en todo momento hasta la última línea, donde encuentra la palabra más difícil que haya visto jamás. No puede deletrear ni una parte de ella: tiene dos sílabas trabadas. Lo ayudo por última vez. Termina hasta leer más allá del punto final: un recuadrito donde está la moraleja. Aleja el libro de si sin mirarme esperando una respuesta, le digo que estuvo muy muy bien y de pronto me nacen unas ganas de abrazarlo que reprimo inmediatamente.

Y es que recién lo conozco. A unos días de iniciar las clases, las madres de Rancas vienen a matricular a sus niños a la pequeña escuelita primaria donde mi compañera y yo hemos llegado a cubrir plazas vacías. Su madre vino hace dos días. Ella, como las demás madres, llegó al salón donde la directora estaba matriculando a los niños, pero Yordi se quedó afuera. No me hubiera percatado de que alguien acompañaba a la risueña señora si es que una cabecita no se hubiera asomado por un lado de la puerta. Dos ojos observaron el salón con recelo hasta que su mirada se cruzó con la mía y le sonreí ampliamente recordando a los niños tímidos y asustadizos que había conocido tiempo atrás. Por un segundo creí que no correspondería el gesto catalogándolo como un chico retraído. Pero lo hizo. La cabeza en la puerta se iluminó con una sincera sonrisa. Una burbujita de prejuicio reventó en el aire. Él se animó a entrar, le preguntamos a qué grado pasaba y respondió “tercero”. Algo saltó en mi corazón. Era mi primer alumno.

A primeras horas de la mañana, los tres profesores más la directora (también profesora) fuimos a recoger los materiales que había mandado el Estado a una casa frente a la plazita de Rancas, no muy lejos del colegio. Cuando estábamos a mitad del camino con nuestros paquetes en brazos, Yordi se asomó a observarnos desde el segundo piso de su casa (segundo piso que, por esas circunstancias del relieve, se encontraba a nuestro nivel). “!Yordiiii, ven a ayudar!” grito la directora amistosamente. Inmediatamente con unos saltos cruzó un pequeño muro para llegar a nosotros y se dispuso a cargar libros. Llegamos al salón a contar y acomodar los materiales. La directora lo mandó dos veces más a preguntar por documentos faltantes y él iba y regresaba sin chistar. Realmente creí ser la profesora más afortunada del mundo. Todo sin sabor de mudanza, contratiempos o noticias no gratas se esfumaron.

Luego, caminamos unos minutos por el pequeño colegio. Hablamos de animales, de burros y mulas, de loros que hablaban solo cuando se les daba la gana y del león. ¿Has visto alguna vez un león? me preguntó. Solo en el zoológico, le respondí, si lo ves en persona te come. Hablamos de lo que cultivaban por la zona, de lo que más comía y más le gustaba. Me preguntó si había comido mashua. Yo le dije que por supuesto. Se sorprendió y me preguntó cuántas veces. Le dije uf varias porque mi abuelita es de Ancash también y ella siempre ha cocinado mashua, dije triunfante. Mostró una expresión muy alegre al escuchar eso. Caminamos hacia la cocina y observamos por la ventana. Le dije “Éste será nuestro salón. Como no hay salón para tercero porque somos poquitos, nos vamos a acomodar acá. Vamos a sacar todas esas cosas, vamos a traer unas carpetas y vamos a pegar dibujos en esa pared. ¿Qué  te parece?” Dijo que estaba de acuerdo. Noté que observaba el hueco que hay entre la cocina y el comedor y le dije que el hueco lo taparíamos con una tablita y nadie nos molestaría. Que todo quedaría bonito. Asintió con la cabeza. Nos hicimos cómplices.

Cuando regresamos al salón de primer grado, me dispuse a hojear las decenas de libros de cuentos para niños que se acomodaban en un estante. Inmediatamente Jordy me hace saber cuáles son los cuentos que él y sus amiguitos prefieren. Éste, este y este me dice, señalando dos libritos compilaciones y un pintoresco cuento sobre un hombrecito de oro en una mina: El Muqui. Curioso, pienso. Cerca de este pueblo se encuentra una mina muy grande a nivel nacional. Muchos niños de acá tienen a familiares o conocidos que trabajan allí. Probablemente el cuento atraiga su atención más que otros porque es una realidad que conocen muy bien y se identifican con ella. O quizás no, habría que leerlo con ellos e indagar con preguntas. De todas formas, me da pistas para empezar mi labor de profesora. Me da pistas para poder crear forma de llegar a ellos. Una maraña de ideas se empieza a construir en mi cabeza.

Por lo pronto, el tiempo no pasa por aquí cuando observo los ojos atentos sobre un libro de mi primer alumno y me imagino su vida entera, la que ya vivió y la que está por vivir. No sé si el compromiso se está convirtiendo en amor o el amor en compromiso, pero un natural miedo atraviesa mi mente. Sin una explicación lógica Yordi encontró una vía rápida a mi corazón y se instaló ahí como para no irse jamás. Seguramente sus compañeros seguirán el mismo camino y no hay vuelta atrás.

Alguien grita su nombre desde afuera. Él alza la cabeza instantáneamente como un animalito que “para las orejas” en un milisegundo. Procesa la información, reconoce la voz y parte a la carrera sin despedirse y dejando a medio terminar la galleta que le regaló la directora. Solo sonrío al ver la puerta por donde acaba de pasar un rayo de luz.

Teacher, ¿really?

Mientras sigo dándole vueltas y vueltas a un artículo sobre Avatar que amenaza con nunca salir a la luz, empezaré por contar lo que me pasa por estos días en los que siento que una fuerza muy superior a todo lo que conozco hasta ahora me hace una llave espectacular. O más bien, a mi ego. Estoy iniciando una pequeña, pero bastante efectiva, formación de maestra de escuela y necesariamente todas aquellas ideas volátiles que tengo en la cabeza son jaladas hacia abajo hasta estrellarse en el suelo. Todos aquellos pensamientos recurrentes sobre la sociedad, la humanidad, Dios, el respeto, la justicia, el amor se ven obligados a hacer un aterrizaje de emergencia. Y ya con todo eso bien al ras de la tierra, y más que nada mis prejuicios con la cara en el suelo, me pregunto si estaré preparada, si es que soy capaz de seguir con una labor tan ardua si es que se quiere hacer bien y con respeto, si estaré preparada para ser maestra de escuela rural, alejada permanentemente de mis adorables comodidades. Mis miedos me dicen que no, mi corazón me dice que sí y mi mente me dice “qué demonios haces preguntándote, ponte a trabajar, hay mucho por hacer”.

Y bueno, para no desfallecer en el mero inicio, lo que sería una gran pena, trataré de serenarme y recordar aquellas experiencias que me han traído hasta este punto. A recordar el caminito que he seguido desde que renuncié a un trabajo de oficina en una institución de las Fuerzas Armadas.

Conservo en mi dormitorio, desde hace un par de años, una pequeña estera hecha por las manos de un pequeño de diez años llamado Luis. Me la regaló luego de su clase práctica en su pequeña escuelita en Lamas, San Martín, a donde fuimos a hacer un reportaje para un taller de periodismo ambiental. Se acercó con timidez y me la dio con tal sincero afecto reflejados en sus ojos, que hasta hoy recuerdo su sonrisa, su mirada, su timidez y todo lo que me dijo cuando me habló de su sueño de ser profesor. Me llevé la estera con la idea de utilizarla para algo productivo, porque la verdad es que no estaba tan cute como para un adorno. Pero no pude, no quise que se estropeara. Se quedó ahí para recordarme dos cosas: volver y que podía establecer una conexión especial con los niños.

Meses después, cuando estuve trabajando en una radio en la selva de Amazonas, hubo un día  en el que recorrí varios colegios locales para hacer una nota informativa sobre los simulacros de sismo en las escuelas. Aquel día, la imagen de las aulas, los profesores y las sonrisas sinceras de los niños causaron algo en mí, que no podía identificar muy bien. Me trasladaron por un instante a algo casi primitivo dentro de mí. Fue como un pestañeo. Un pestañeo a un viejo sueño adolescente de mejorar la educación del país (lo que me llevo a ingresar a la Escuela de Psicología, que luego dejé). Quizás fue la alegría de los chicos cuando hacían actividades fuera del aula o quizás todo lo verde que se extendía alrededor de los colegios que hacía el panorama alguito más poético. Quizás fue el clima o quizás que no había comido bien (ja) Quién sabe. Pero sentí un débil llamado.

Ya nuevamente en Lima tuve la oportunidad de cruzarme, en un curso del Británico, con una linda profesora muy apasionada por su trabajo y una maestra (religiosa) de vocación que, de diferentes formas, notaron en mí rasgos de una colega nata. O sea, oh my grandísimo, porque en mi mente se dibujaban las preguntas: ¿Maestra de escuela? ¿Really? ¿No he estudiado una carrera? ¿Eso no es para los nacos? Pues no. Así que me puse a enseñar inglés a niños de quinto de primaria en un colegio particular y la experiencia fue ardua. Todos saben que ser profesor no es fácil y menos aún si realmente quieres que tus chicos se lleven algo significativo. Pero los momentos que te llevas son únicos. Como cuando te dicen que eres la profe más chévere, o la más “elagantiosa” o cuando te dicen “no importa, miss, todos nos equivocamos” cuando te equivocaste olímpicamente con ciertas reglas del colegio. O cuando te dicen que ahora las clases de teoría son más chéveres que las de laboratorio. Dios, ese sí que es otro level. Aquellos meses el llamado que había sentido tiempo atrás se hizo mucho más fuerte. Lo notaba en mis noches de insomnio por pensar y pensar en mis alumnos, en formas más efectivas de llegar a ellos. Era casi una obsesión. Y si bien  la experiencia acabó pronto por cuestiones fuera del contexto, algo ya se había despertado nuevamente.

Ahora, aquí, a puertas de una nueva experiencia de la mano de una organización a la que admiro mucho, mi corazón late fuerte cuando pienso en las posibles experiencias que me esperan en este año de maestra de escuela. Pero en la misma intensidad corren mis miedos e inseguridades. Son como la trampa perfecta. Algo como una sensación de estar nerviosa me sobrepasa. ¿Y qué debes hacer cuando algo te despierta esa sensación de estar nerviosa? Pues vas hacia ello con fuerza. El caminito no es gratuito.

Love en condiciones adversas

 

Recuerdo bien la tarde en la que decidí poner en práctica el mensaje que me transmite esta escultura hecha por Alexander Milov. Me encontraba en medio de una de las últimas discusiones que tuve con la pareja más difícil que la vida me puso en frente. A esas alturas de mi vida, ya era consciente de que no era una víctima (como lo había creído años atrás) de una relación que yo había aceptado y había construido por más “chico malo y chica buena” que pareciéramos cuando estallaban los problemas. Unos celos sinsentido se apoderaron de él y no pudo controlarlos. La discusión se acaloró y luego de una avalancha de insultos de su parte y un serio mutismo del mío, por vez primera en los cuatro años que nos conocíamos, me puse furiosa. Entonces, tomé yo las riendas de la discusión y traté de echarlo de mi casa diciéndole que ya no lo quería. También pude haberlo insultado como se me ocurriera y hacerle sentir lo peor del mundo porque tenía el poder. Pero decidí no hacerlo, supe controlarme. Me limité a despreciarlo callada con miradas fulminantes mientras pedía disculpas. Luego de un rato, felizmente, los dos nos calmamos mientras yo me tragaba una tonelada de insultos. Le dije que era el final. El alistó sus cosas para irse, pero luego los dos dudamos porque estábamos repitiendo una danza que ya habíamos bailado y sabíamos que no solucionaba nada en nuestra –tóxica- relación. Decidimos entonces sentarnos a pensar en nosotros mismos. Él con todas sus cosas listas en los brazos. Callados. Cabizbajos. Más distantes que nunca. Algo muy parecido a la foto de aquella escultura. No sabíamos qué hacer, todo parecía bastante definitivo y dolía.

Yo estaba muy enojada con él, y conmigo misma por haber permitido que esa persona nuevamente entrara en mi vida. Sentía rabia al recordar una avalancha de problemas pasados, mentiras, humillaciones, infidelidad. La auto-lástima (la cara más solapada del ego) me poseía. En ese momento él era como un enemigo para mí. Solo quería que se fuera de mi casa, de mi vida y de paso, si por ahí pudiera pisarlo un carro, mejor. Pero de pronto recordé (de una forma bastante random) aquella imagen, aquella sublime escultura de los niños dentro de las jaulas de sus adultos enemistados, intentando tocarse. Realmente me había conmovido. Decidí poner en práctica, entonces, lo que intentaba enseñarme. Empecé recordando el dolor de la persona que tenía en frente, ese pesado dolor en el alma que llevan todas las personas que fácilmente se descontrolan con violencia. Todo impulso de revancha empezó a ceder. Recordé cuánto lo conocía como para amarlo, recordé su historia, los pasajes de su infancia, cuánto sabía que era un hombre que sufría por dentro y cuántas grandes y valiosas virtudes poseía. Recordé también los maravillosos recuerdos de hermandad que creamos cuando no habían discusiones de por medio. Sabía de antemano que la relación tenía un fin cercano y sabía también que recién en esta última parte de nuestra historia yo había empezado a amarlo realmente: tratando de vencer mis inseguridades y miedos (los terribles issues que aún tengo) como un paso necesario antes de proferir “amor”. Entonces, seguí en esa línea de pensamiento que recién un mes atrás había comprendido y puse en práctica la escultura de Milov. Salté la valla del miedo a no ser correspondida y dejé que la niña que amaba a ese niño –que él también llevaba dentro- se acercara. La liberé para que pueda brindar (y brindarse) una muestra de amor con los ojos del alma abiertos.  Me acerque y lo abracé. Y como lo había presentido, él no correspondió el gesto, mantuvo los brazos cruzados y la cabeza gacha con unas lágrimas de impotencia que amenazaban con estallar. Pude sentir su rigidez, la rabia de sentirse observado, vulnerable, y la tristeza de no poder vencer sus miedos. Lo abracé más fuerte, entonces, porque de los dos él era quien más necesitaba de un abrazo. Derramé lágrimas a mi vez por la gran angustia de saber que tendría que dejarlo ir a pesar de conocerlo y quererlo tanto.

Naturalmente, nuestra relación terminó a los pocos días, porque toda relación de pareja, por más tóxica que sea, se desmorona como un castillo de naipes cuando una de las dos partes decide con dignidad poner fin al dolor mutuo. Pero estoy segura de que con esa –aparentemente- insignificante decisión de abrazar a mi momentáneo enemigo como una hermana luego de una tormentosa discusión, activé una pequeña e imperceptible fuerza que fluirá dentro de los dos a lo largo de nuestras vidas tocando a las personas con las que nos conectemos de alguna forma. Y lo que para mí es más importante, empecé a practicar un amor real, empecé a construirme a mí misma, empecé un camino nada fácil para quienes provenimos de generaciones de familias infestadas de amor enfermo y violencia. Empecé ese bello y necesario camino para poder eventualmente (o en el proceso) provocar un verdadero cambio, de a poquitos, en todo lo que pueda rodearme.

Estoy enormemente agradecida con esa escultura y espero con toda el alma que haya logrado algo parecido en los corazones de otras personas.

La princesa Monoke: ODIO Vs AMOR RULES

– Principe, Ashitaka, ¿Estás preparado para contemplar tu destino?

– Sí. Lo estaba ya cuando hice volar mi flecha.

– La infección se extenderá por todo tu cuerpo, te producirá un gran dolor y finalmente te matará.

Éste debe ser uno de los mejores pedazos de diálogo de la historia del cine. Muestra el estoicismo de un noble –y bastante joven- guerrero ante la revelación de su fatal y pronto destino revelado por la anciana sacerdotisa de su aldea. La causa es una herida negra, producto de una batalla uno a uno con un jabalí endemoniado que pretendía destruir todo el pueblo. La herida se localiza en su brazo derecho y lo hace más fuerte físicamente, pero por ser una lesión hecha directamente por una bestia carcomida por odio, le avisan, que puede llegar hasta el centro de toda su consciencia: de toda su alma.

Sin embargo, para alivio del pueblo que lo ama, la anciana-sabia también le revela a Ashitaka que éste tiene la opción de ir al encuentro de su destino. Enfrentarlo. Para eso, primero tiene que llegar al lugar donde se originó la pequeña bola de hierro que encontraron dentro del cuerpo del jabalí enloquecido –la cual carcomió al animal desde sus entrañas- y observar lo que sucede, desprendiéndose de cualquier humano impulso de venganza. “El mal recorre las tierras del oeste. Ve allí, observa con mirada desprovista de odio. Quizás consigas levantar la maldición”, le dice la anciana.

¿Mirada desprovista de odio? ¿Y cómo es eso? ¿Cómo se supone que se pueda lograr eso? Más aun, en un caso como el del joven príncipe, sabiendo que encontrará a los culpables de su ponzoñosa herida mortal. Además, para hacer más compleja la situación, Ashitaka efectivamente se llega a encontrar con una guerra donde es bastante fácil tomar partido: una guerra entre humanos que queman bosques y fabrican armas de fuego y feroces animales que defienden su hábitat de la destrucción por la explotación del hierro. Y ya para hacer de esto una misión imposible, se enamora de la hija de la Madre Lobo, uno de los dioses líderes que defienden el bosque: la princesa Mononoke.

¿Cómo llegar a cumplir la consigna de “observar” exento de prejuicios con todo los factores en contra? Pues con respeto, lo  único que puede generar una gran determinación por dominar los impulsos de juzgar precipitadamente que nacen en cualquier ser humano cuando se ve entregado por completo a sus emociones.

Dependiendo del background del que hayamos salido, uno también se siente inclinado a tomar partido en aquella guerra metafórica de Miyasaki. En mi caso –seguramente como en el de la gran mayoría de mis coetáneos- se me hace fácil inclinarme por los animales, que la verdad no son nada dulces, sino más bien enormes bestias provistas de conciencia y habilidad verbal, dispuestas a asesinar todo lo que se le ponga en frente. Sin embargo, entiendo, que debe haber quienes sienten mayor simpatía por Leidi Eboshi, la líder de la aldea del hierro, por su determinación en favorecer a las personas más pobres de las ciudades (leprosos y prostitutas) brindándoles trabajo y un lugar donde vivir dignamente.

Pero el noble Ashitaka, respaldado por sus fuertes principios, no puede hacer más que colocarse en medio del fuego cruzado. Sabe, por lo que le mencionó la anciana y seguramente por todo lo que ha aprendido desde la cuna en su ancestral pueblo, que si se permite juzgar sin conocer a profundidad todos los factores del conflicto, inevitablemente se verá arrastrado por el odio. En varias ocasiones salva la vida de la princesa Mononoke, la mujer que ama, pero a su vez también protege a Leidi Eboshi, lo que obviamente cuesta mucho entender. Y como es de esperarse, tanto la líder del pueblo de hierro como el dios Lobo se ríen burlonamente de los intentos del joven guerrero por disuadirlas a dejar los enfrentamientos y evitar más muertes.

Y lo que puede llegar a verse detrás de esta bella historia es la pugna entre dos procesos opuestos: el proceso que lleva a la destrucción y el que lleva a la construcción de vida. El primero permite que el natural impulso humano por juzgar siga un camino ciego hasta el odio y germine la gran posibilidad de destrucción a través del odio que alimente en otros espíritus. Leidi Eboshi juzgaba a las bestias que defendían sus bosques como caprichosos obstáculos a su necesidad de extraer el hierro para alimentar y hacer funcionar toda una aldea. En el caso de los lobos y demás bestias, éstos únicamente defendían el bosque, pero armando una sangrienta e insensata batalla, con miles y miles de muertes absurdas de los dos lados. En cualquiera de los dos casos, por más “bien intencionado” que fuera uno de ellos, actuaban de acuerdo a voluntades ciegas.

El segundo proceso, en cambio, es guiado por el respeto. La persona intenta conocer, intenta ver con el alma, antes de juzgar o seguir juzgando el comportamiento de cualquier espíritu fuera de uno mismo. Frena el camino al odio y da paso al amor. Ashítaka, con una valentía obviamente inusual, surreal para muchos de nosotros, llega a conocer ese amor en medio de tamaña guerra. Y es únicamente a consecuencia de eso que el Dios de todo los seres, el Espíritu del Bosque, el único que puede quitar y dar vida, se le acerca de una forma bastante sublime, para sanarlo cuando cae herido de muerte.

Si alguna vez has estado cerca al profundo sentimiento de amor por la vida, es inevitable que se te haga un nudo en la garganta, que se te agolpen unas lágrimas al ver la serenidad en los ojos de aquel extraño, inexplicable e inasible ser, que a cada paso que da hace florecer y marchitarse al instante diversos tipos de pequeñas flores.

Finalmente, se puede entender que para llegar a conectar con aquel Espíritu elevado, para llegar a decidir por el proceso que lleva al amor que construye, es necesario un trabajo espiritual, que en el caso del joven príncipe, es uno que ya está arraigado desde las nobles costumbres de su aldea. En el caso de todos los demás silvestres humanos que vivimos en los confines de una cultura aparentemente sin núcleo y con formas confusas, que más nos parecemos a esos torpes jabalíes que a nadie escuchan, se nos hace más difícil poder construir antes que destruir. Carecemos de espiritualidad. Por eso la destrucción exponencial de nuestro hábitat, la violencia malsana en todas sus expresiones y un largo largo laaargo etc. Pero historias como las de La princesa Mononoke, si se llegan a sentirlas de corazón, pueden llegar  a ser un hermoso ejemplo de cómo actuar -o al menos intentar actuar- frente a cualquier conflicto.

La princesa Monoke: RESPETO RULES

En una de las primerísimas escenas de aquella extensa y maravillosa cinta de Miyasaki, La princesa Mononoke, un valeroso príncipe va a todo galope encima de su reno tratando de detener a un enorme jabalí poseído, que revestido de furia se dirige a toda prisa hacia la aldea del joven para destruirla. El joven Ashitaka se coloca delante del monstruo y trata de persuadirlo. “Aplaca tu ira, poderoso señor. Seas dios o demonio te ruego que nos dejes en paz. Alto, por favor, no destruyas nuestra aldea” pide el joven con voz firme. Pero el demonio, carcomido por el odio (del cual luego se revelará su causa), no tiene voluntad alguna de detenerse y sigue su camino directo al pueblo, a lo que Ashitaka no tiene más remedio que enfrentársele en una ardua pelea. Tras dos certeros flechazos, el inmenso jabalí cae herido de muerte y a toda prisa traen a la anciana-sabia del pueblo para que ésta pueda decir unas palabras antes de que la desdichada bestia parta de esta vida. “Dios sin nombre, de furia y odio, me inclino ante ti. Levantaremos un montículo donde has caído. No nos guardes rencor y descansa en paz” recita la anciana haciendo varias reverencias al enorme cuerpo caído, a lo que la bestia moribunda responde rencorosamente: “Criaturas despreciables, pronto todos ustedes sentirán mi odio y sufrirán lo que yo he sufrido”.

¿Qué fue eso? ¿Qué significa aquella condescendencia que los aldeanos le muestran a la bestia que intentó aniquilarlos sanguinariamente? ¿Cómo es posible que aquellas personas evidencien tal consideración a su enemigo? Are you crazy? cuestiona mi mentalidad occidental. ¿Le levantarán un montículo a esa oscura bestia enloquecida? Miyasaki, please, sácame de aquí.

Y lo que pasa es que nuestro esquema mental, bajo la natural influencia de nuestra cultura occidental, no puede llegar a entender fácilmente la manifestación de una de las más elevadas muestras de amor en esta vida: el respeto. Se ciega a comprenderlo a causa de las valientes cantidades de humildad que se necesita para hacerlo. Porque aquel respeto que le muestran los aldeanos a la bestia en la historia de Miyasaki no se trata de una cáscara de “palabras o conductas corteses”, sino de un firme modo de vida, nacido de una cosmovisión fuertemente conectada con el amor a la naturaleza en su sinfín de formas.

El joven Ashitaka y la anciana sabia del pueblo muestran aquel respeto como un sentimiento que palpita dentro suyo, en cada acción diaria. Es un sentimiento que nace de un amor supremo a la vida y una natural aceptación de la muerte. Es el valiente respeto a la compleja y vasta naturaleza: animal, vegetal, humana o whatever. La cosmovisión de aquella aldea, de raíces orientales, está basada en la conciencia de que el ser humano no es capaz de aprehender en su totalidad las causas de diversas catástrofes o conductas monstruosas; por lo que consideran necesaria la humildad de aceptar tal realidad para poder actuar sabiamente en favor de la vida.

Por eso, en este caso específico donde un extraño jabalí pone en riesgo la vida del pueblo, la automática respuesta del joven héroe a su propio desconocimiento es la sincera aceptación de la enloquecida voluntad del monstruo, lo que vendría a ser el núcleo del respeto; mientras que las palabras condescendientes y educadas, que nacen de ese núcleo, vendrían a ser la forma material del respeto: su ritual necesario. Y en su totalidad, este concepto vivo, es preciso para no dejarse arrastrar por el mismo rencor que poseyó al infeliz jabalí, lo que únicamente generaría una más de aquellas catástrofes, alimentando una triste cadena de venganza. Porque si bien el joven príncipe llega a matar a la bestia, su voluntad jamás es guiada por un sentimiento de revancha, sino que es la honorable y única salida a la nula voluntad de un demonio que hace peligrar directamente la vida de personas inocentes.

Los más sabios de la aldea entienden además, o intuyen, que el silvestre jabalí en sí, su espíritu, su corazón, no es la causa de su endemoniada conducta, sino el odio -graficado como un monstruo de un millón de gusanos- que lo ha poseído; por lo que la respuesta no es responder con más rencor, sino con una digna aceptación del mal para poder superarlo de forma efectiva. Y toda la película está basada en ese principio. El principio de que el odio, como algo que ciega la sabiduría, y opuesto al amor, no es la vía para superar los conflictos en la tierra, porque solo alimenta más odio y, en consecuencia, perpetúa la destrucción del planeta y lo que vive sobre ella.